Hablar de Porcupine Tree es entrar en un fantástico abismo y pasearse, inerte, embaucado por composiciones extrañas y perfectas que, dejándote llevar, pueden capturarte más allá del tiempo, del espacio, más allá de uno mismo. Es allí donde nada más importa… Fue allí… en esa nueva sala Sant Jordi Club, un espacio que durante cerca de dos horas –ya digo que se pierden nociones en el camino- nos transportó a los allí presentes a un ambiente diferente, a vivir atmósferas musicales envolventes, de una ejecución perfecta, tanto en armonías como en técnica.
Quienes han vivido su adolescencia rodeados de Rush, Marillion, Génesis, Pink Floyd… experimentan el regusto a lo añejo sin obviar el nuevo y característico estilo del joven Steven Wilson.
Quienes, inevitablemente, hemos nacido tarde para eso, experimentamos una serie de sensaciones lejanas e impensables en los tiempos que corren, y descubrimos nuevos horizontes musicales gracias a ese cercano Steven Wilson.
Él es el líder de los Porcupine Tree, el responsable de un concierto celebrado el pasado 23 de noviembre en Barcelona, un espectáculo musical estructurado con elegancia, con silencios, y con mucha música.
Wilson empezó con un primer recital de su último disco, The Incident, un trabajo maduro que acaba de situar a la banda en los engranajes del gran rock progresivo de todos los tiempos. Esta primera parte, intensa y sin treguas nos situó cercanos a la banda y nos enseñó y nos acabó de convencer por si alguna duda quedaba de la calidad del directo, por si alguien osaba desconfiar, demostrando larga trayectoria, juventud y camino por recorrer. Nuevo rock, nuevo rock progresivo, que ha bebido inequívocamente de lo mejor de Pink Floyd y de Tools.
Tras un descanso de diez minutos de reloj, y después de contar en voz alta los diez últimos segundos junto a todo el Club Sant Jordi, Porcupine Tree regaló viejos temas de la talla de Lazarus, Rusia on Ice, Anesthetize, Trains… todos ellos ejecutados con una sensibilidad extrema en los momentos más sosegados de Porcupine, y con la mayor histeria que podamos imaginar en esos momentos de “metal atmosférico” que solamente ellos son capaces de protagonizar.
Gran trabajo, como siempre, de uno de los mejores baterías del globo, Gavin Harrison, que se mantuvo al cien por cien durante todo el concierto, demostrándolo en los momentos más exigentes y asfixiantes, al mismo tiempo que acompañaba con mimo y delicadeza las enmarañadas y dulces frases de un Steven Wilson sincero y respetuoso en sus interpretaciones.
Al mismo tiempo, podemos también destacar la actuación del guitarrista y corista que acompañaba al líder con entonaciones realmente difíciles, y –sin vacilar- ejecutándolas a la perfección.
El conjunto impactaba, la calidad de sonido era bastante buena, y era arriesgado con Porcupine Tree. Los cambios de ritmo y las subidas y bajadas de intensidad que los caracteriza requieren un mínimo de calidad de sonido bastante exigente, sin el que es imposible valorar la grandeza de sus composiciones. De modo que el Club Sant Jordi aprobado con un 8.5. La gente, tan variopinta en sus edades como en sus aspectos, parecía compartir una sensación de bienestar general al salir, porque aunque probablemente fuese eso lo único que iban a compartir, había sido importante. Sin dudarlo, un buen concierto, de aquellos que dejan huella porque no agobian, porque no estás sentado pero tampoco te estás chocando con todo el que te rodea. No ha sido necesario ponerse de “cuclillas” ni buscar un sitio adecuado porque estábamos cómodos. ¿Eso significa que había poca gente? Puede ser… y qué… genial; esa era la actitud.
Zeus Díaz Cid














