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Desnudando a la música

A las ocho de la tarde, pulso el open de mi lector de cds para convertir el momento en un éxtasis: empiezo a notar el hormigueo bullente de mis neuronas ansiosas, que llevaban tiempo esperando, esperándolo, esperándolos.

Un descuido hizo de telonero durante casi un mes, impacientándome, pero por fin he encontrado mi apreciado disco Musica Nuda 55/21 y ahora sé que éste no volverá a abandonar su sitio adjudicado.

Escucho los primeros acordes del contrabajo, suenan a pura autenticidad. Después llega la maestra de la combinación, la única que sabe conjugar dulzura y contundencia a partes iguales. Ferruccio Spinetti y Pietra Magoni consiguen una vez más la ovación de todos mis sentidos.

Su indumentaria 0, tan característica de su música desnuda, me traslada a un estado en el que sólo importa el jazz, el buen jazz. Una lluvia incesante de ejecuciones instrumentales perfectas de Ferruccio  y una aportación sublime de Pietra, que con su voz consigue bailar fluida y lánguidamente encima del rotundo contrabajo.

A medida que el disco se dirige a Basta un colpo di vento, la última de sus 17 composiciones, los asistentes a este regalo, mis oídos, son invadidos por la esencia de este dúo: la suma de una seriedad profesional y de un entusiasmo personal que se funden para dar lugar a una música simple y compleja, colorista y original, pero sobre todo bella.

Pietra domina los arpegios como quien va a oscuras en bata y zapatillas por su casa. El contrabajo de Ferruccio, que parece ser una parte más de su cuerpo, emocionaría hasta al más frío con su espontaneidad. La genialidad de ambos hace imposible que la piel no se erice al escuchar su jazz único. Y es el convencimiento de sí mismo y su énfasis lo que lo diferencian del resto.

La complicidad de esta pareja toscana lleva haciéndose evidente desde 2003, con su primer disco Música Nuda. En el 2006 llegaría Musica Nuda II y en el 2008 esta maravillosa obra Musica Nuda 55/21, que culminaba su trabajo hasta la semana pasada. Y es que el 15 de marzo salió a la venta su nuevo disco Complici, por el que ya hago cola.

Una sonoridad tan tierna y una inteligencia que haga destacar el silencio en la música y la música en el silencio está al alcance de muy pocos.

Pietra, Ferruccio, escucharos es simplemente un lujo.

Laura Román

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Subido a “El árbol del Puercoespín”

Hablar de Porcupine Tree es entrar en un fantástico abismo y pasearse, inerte, embaucado por composiciones extrañas y perfectas que, dejándote llevar, pueden capturarte más allá del tiempo, del espacio, más allá de uno mismo. Es allí donde nada más importa… Fue allí… en esa nueva sala Sant Jordi Club, un espacio que durante cerca de dos horas –ya digo que se pierden nociones en el camino- nos transportó a los allí presentes a un ambiente diferente, a vivir atmósferas musicales envolventes, de una ejecución perfecta, tanto en armonías como en técnica.

Quienes han vivido su adolescencia rodeados de Rush, Marillion, Génesis, Pink Floyd… experimentan el regusto a lo añejo sin obviar el nuevo y característico estilo del joven Steven Wilson.

Foto extraída de la web oficial

Quienes, inevitablemente, hemos nacido tarde para eso, experimentamos una serie de sensaciones lejanas e impensables en los tiempos que corren, y descubrimos nuevos horizontes musicales gracias a ese cercano Steven Wilson.

Él es el líder de los Porcupine Tree, el responsable de un concierto celebrado el pasado 23 de noviembre en Barcelona, un espectáculo musical estructurado con elegancia, con silencios, y con mucha música.

Wilson empezó con un primer recital de su último disco, The Incident, un trabajo maduro que acaba de situar a la banda en los engranajes del gran rock progresivo de todos los tiempos. Esta primera parte, intensa y sin treguas nos situó cercanos a la banda y nos enseñó y nos acabó de convencer por si alguna duda quedaba de la calidad del directo, por si alguien osaba desconfiar, demostrando larga trayectoria, juventud y camino por recorrer. Nuevo rock, nuevo rock progresivo, que ha bebido inequívocamente de lo mejor de Pink Floyd y de Tools.

Tras un descanso de diez minutos de reloj, y después de contar en voz alta los diez últimos segundos junto a todo el Club Sant Jordi, Porcupine Tree regaló viejos temas de la talla de Lazarus, Rusia on Ice, Anesthetize, Trains… todos ellos ejecutados con una sensibilidad extrema en los momentos más sosegados de Porcupine, y con la mayor histeria que podamos imaginar en esos momentos de “metal atmosférico” que solamente ellos son capaces de protagonizar.

Gran trabajo, como siempre, de uno de los mejores baterías del globo, Gavin Harrison, que se mantuvo al cien por cien durante todo el concierto, demostrándolo en los momentos más exigentes y asfixiantes, al mismo tiempo que acompañaba con mimo y delicadeza las enmarañadas y dulces frases de un Steven Wilson sincero y respetuoso en sus interpretaciones.

Al mismo tiempo, podemos también destacar la actuación del guitarrista y corista que acompañaba al líder con entonaciones realmente difíciles, y –sin vacilar- ejecutándolas a la perfección.


El conjunto impactaba, la calidad de sonido era bastante buena, y era arriesgado con Porcupine Tree. Los cambios de ritmo y las subidas y bajadas de intensidad que los caracteriza requieren un mínimo de calidad de sonido bastante exigente,  sin el que es imposible valorar la grandeza de sus composiciones. De modo que el Club Sant Jordi aprobado con un 8.5. La gente, tan variopinta en sus edades como en sus aspectos, parecía compartir una sensación de bienestar general al salir, porque aunque probablemente fuese eso lo único que iban a compartir, había sido importante. Sin dudarlo, un buen concierto, de aquellos que dejan huella porque no agobian, porque no estás sentado pero tampoco te estás chocando con todo el que te rodea. No ha sido necesario ponerse de “cuclillas” ni buscar un sitio adecuado porque estábamos cómodos. ¿Eso significa que había poca gente? Puede ser… y qué… genial; esa era la actitud.

Zeus Díaz Cid

Sobre Hellville de Luxe. Enrique Bunbury

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Portada Hellville De Luxe

Hace ya algunos días prometí una reflexión, opinión, humilde análisis… llámese como quiera que sea; sobre el último trabajo de Enrique Bunbury: Hellville De Luxe.

Como bien sabe el lector que con asiduidad dedica un poquito de su tiempo a leernos, Guillem Bas nos puso al día de la polémica sobre aquel posible plagio del que se acusaba a Bunbury… Ya di mi opinión al respecto, y la pérdida de tiempo que creo supuso la invención de un “destape” de tales características, sobre un artista de tal envergadura.

Hoy quiero referirme concretamente a su nuevo disco: una apuesta por el rock’n roll al que tan bien acostumbrados nos ha tenido durante los años de oro de Héroes del Silencio. Sí, rock & roll, han leído bien. Reminiscencia de algo que pasó, y no de algo que es idéntico o semejante a lo anterior, ni a lo de nadie.

Después de varios años investigando por novedosos paradigmas musicales Enrique nos presenta ahora un disco rockero, un disco al que él mismo ha calificado de “guitarrero”. Es así, Bunbury ha vuelto, por esta vez, a cantar al son del rugido de las distorsiones suaves pero estridentes de un rock más pesado por sus enmarañadas letras que por la agresividad de la música. Como siempre.

Es un trabajo maduro, con sello Bunbury indiscutible, y que regala a nuestros oídos una batería de temas directos y, a diferencia de otros discos, estructurados sencillamente de la forma más tradicional, sin pretender la rareza y transmitiendo la dureza de lo que se dice, tanto con las letras como con la música.

Zeus Díaz Cid


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